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Señor Presidente de la Legislatura Municipal, señores portavoces de los partidos políticos y demás legisladores municipales, señor Vice-Alcalde y otros funcionarios del Ejecutivo Municipal mayagüezano, señor Tesorero de la Junta de Directores, señor Director Ejecutivo y demás funcionarios de la Fundación Luis Muñoz Marín, distinguidos visitantes, amigas y amigos todos.
Quiero, en primer lugar, agradecer a la Legislatura Municipal de Mayagüez su honrosa invitación a dirigirme a ustedes esta noche en que recordamos a quien fue el líder indiscutible de las grandes mayorías puertorriqueñas durante buena parte de la segunda mitad del Siglo XX y el forjador principal de lo que solemos llamar el Puerto Rico moderno.
Para mí esta ocasión encierra un significado singular. Aunque nací en Río Piedras, mis padres me trajeron a vivir a Mayagüez cuando apenas contaba dos años de edad. Aquí permanecí hasta cumplidos los 23 años. Me crié, entre otros lugares, en los barrios Tras Talleres, Buenos Aires y Dulces Labios y en el Caserío Franklin Delano Roosevelt de esta ciudad. Aquí cursé mis estudios primarios, parte de los secundarios y buena parte de mis estudios de bachillerato, en el Recinto Universitario de Mayagüez. Soy, para todos los efectos, mayagüezano. Aquí viven todavía mi señora madre, doña Panchita (de paso, admiradora de Muñoz de toda la vida) y, parte del tiempo, mi hermana Alba Nydia, quienes han venido a acompañarnos en este acto. Debo añadir que de este gobierno municipal, cuando lo dirigía el Alcalde Benjamín Cole, recibí una modesta beca de $25 mensuales durante algún tiempo para ayudarme en mis estudios universitarios. Siempre he querido reciprocar aquel gesto de alguna manera. Me llena, pues de inmensa satisfacción estar con ustedes, mis compueblanos, esta noche.
Porque me crié por estos lares en la década de los cincuenta, en pleno apogeo del quehacer político de don Luis Muñoz Marín, fue aquí, en este pueblo, que oí su nombre por primera vez. No sólo porque mis padres, abuelos y algunos tíos eran populares de clavo pasao, sino porque, como sabemos, Don Luis estaba entonces en boca de todos. Era una figura omnipresente para deleite de unos y mortificación de otros.
Como desde niño me gustaba la poesía, fueron unos poemas de Muñoz los primeros textos suyos con los que me topé. Si no recuerdo mal, los leí en una Antología de Poesía Puertorriqueña publicada por el connotado escritor Don Cesáreo Rosa Nieves. Me impresionaron aquellos versos elegantes, sencillos y elocuentes, llenos del realismo poético que ha caracterizado siempre a mis poetas favoritos, entre ellos el famoso Walt Whitman, también favorito de Muñoz. No fue coincidencia, supongo, que el primer libro sobre Muñoz que leí, a los 17 ó 18 años de edad, fue aquel titulado Poet in the Fortress (Poeta en la Fortaleza) escrito por el norteamericano Thomas Aitken en 1964.
Es precisamente uno de aquellos poemas, probablemente el más conocido de Muñoz, el que quisiera tomar de punto de partida para esta breve reflexión que quiero compartir con ustedes. Tan conocido es el poema que me arriesgo a que se piense que no hago sino andar terreno harto conocido. Pero lo hago convencido de que muchas veces lo que importa no es el camino, sino la forma de recorrerlo.
Se trata del poema titulado Panfleto, que es parte del conjunto que Muñoz llamó Cantos de la humanidad forcejeando.
Quiero recordarles cómo dice:
He roto el arco-iris
contra mi corazón
como se rompe una espada inútil contra una rodilla.
He soplado las nubes de rosa y sangre
más allá de los últimos horizontes.
He ahogado mis sueños
para saciar los sueños que me duermen en las venas
de los hombres que sudaron y lloraron y rabiaron
para sazonar mi café...
El sueño que duerme en los pechos estrujados por la tisis
(¡Un poco de aire, un poco de sol!);
el sueño que sueñan los estómagos estrangulados por el hambre
(¡Un pedazo de pan, un pedazo de pan blanco!)
el sueño de los pies descalzos
(¡Menos piedras en el camino, Señor, menos botellas rotas!);
el sueño de las nucas horizontales
(¡Techumbre, hojas, yaguas: el sol es horrible!);
el sueño de las manos callosas
(¡Musgo...olán limpio...cosas suaves, blandas, cariñosas...),
el sueño de los corazones pisoteados
(¡Amor...Vida...Vida...Vida...!)
Yo soy el panfletista de Dios,
el agitador de Dios,
y voy con la turba de estrellas y hombres hambrientos
hacia la gran aurora...
Como todo buen poema, éste se presta para varias lecturas posibles. Quiero hacer de él una lectura que quizás no sea ni ortodoxa ni ajustada a lo que el propio Muñoz quiso decir. Pero, como sabemos, toda obra literaria adquiere su propia vida y ahí queda para ser aprehendida como el lector o la lectora quiera. Aquí va, pues, como dice la canción popular, mi propia versión.
He oido decir, ahora no recuerdo a quién, que este poema podría interpretarse como un presagio, puesto que el poema se publicó en 1920, de la ruptura eventual de Muñoz con sus ideales independentistas para dedicarse a la causa de la reforma social. Podría ser símbolo de ello la referencia a la espada inútil que se rompe contra la rodilla. O su aseveración de que ha ahogado sus sueños para saciar los sueños de los demás, en este caso, los hombres y mujeres que sudaron y lloraron y rabiaron para sazonar su café. En su peor luz esta interpretación proyectaría a Muñoz dispuesto desde ya a renunciar a un ideal noble la independencia para dedicarse a satisfacer exigencias menos nobles, por materialistas, en su sentido más vulgar. Otra lectura más benigna consideraría que la frase he ahogado mis sueños se refiere a la supresión de aspiraciones personales en beneficio del bienestar colectivo. Esta interpretación, quizás más cónsona con el momento de publicación del poema, colocaría a Muñoz bajo una luz mejor, en cuanto lo reflejaría como un visionario con motivaciones netamente altruistas. Sería, sin embargo, una luz falsa, pues negaría la realidad innegable de que, como todo ser humano, Muñoz también procuró satisfacer sueños propios.
Se me antoja otra posibilidad, que es la que quiero explorar con ustedes. No vería en el poema la confesión resignada de que se han abandonado los ideales propios para atender las necesidades materiales del pueblo. Tampoco vería en él la proclamación del sacrificio total de los sueños y aspiraciones personales. Entendería, más bien, que los versos consignan un enorme esfuerzo: el de equilibrar ideales, el de sopesar sueños, el de conjugar aspiraciones, unas no menos nobles que las otras, pero sí, a los ojos del autor, en tensión unas con las otras. Se trataría, en este caso, de hacer constar las tensiones entre las que se debatía este agitador de Dios que albergaba sueños de diverso tipo. Porque de sueños suyos se trataba.
Después de todo, querer sanar los pechos estrujados por la tisis (hoy, quizás, arruinados por el SIDA), querer llenar los estómagos estrangulados por el hambre (hoy, quizás, destruidos por la droga), querer calzar los pies descalzos (hoy, quizás, vestir al inmigrante), querer aliviar los efectos del sol inclemente (hoy, quizás, procurar techo al deambulante), querer aliviar las manos callosas (hoy, quizás, asegurar la pensión del Seguro Social del jubilado), querer saciar el sueño de los corazones pisoteados (hoy, quizás, darle alberge a la mujer maltratada y amor al niño abandonado) son ideales nobles, son sueños que albergan los espíritus más elevados. En algunos lugares a eso se le llama socialismo. En otros, lleva otros nombres. En los más, se tiende a considerar a quien los profesa un idealista empedernido.
El poema puede verse, pues, como una oda al equilibrio de los sueños.
Ese arte de equilibrar aspiraciones es, en última instancia, de lo que trata la política en su expresión más acabada.
Con esto no quiero decir que Muñoz no habría podido combinar de otra manera las aspiraciones que identificaba como las de su pueblo. Ni que acertó siempre en el equilibrio que forjó. En algunos casos, yo, personalmente, habría preferido otras soluciones, por ejemplo, en lo referente a la condición política de nuestro país. Lo que quiero afirmar es que reconozco en ese Muñoz conjugador de tensiones un espíritu noble atormentado por los conflictos que su conciencia le producía. Eso se trasluce claramente a lo largo de todo el texto del Diario que escribió muchos años más tarde, entre 1972 y 1974, publicado en 1999 por la Fundación que lleva su nombre. El Diario es una obra entretejida con el análisis recurrente de dilemas sin fin. Dilemas que el autor no siempre logró resolver satisfactoriamente.
¿Por qué, se preguntarán ustedes, he escogido este tema para mi mensaje de esta noche?
La respuesta es sencilla. Vivimos en tiempos en que se hace necesario, diría imprescindible, aprender a sortear tensiones, a superar contradicciones, a conciliar ideales encontrados y a hacer convivir las aspiraciones en conflicto. Nos amenazan los tranques ideológicos, las divisiones hondas, los callejones sin salida. Vivimos en el tiempo del gobierno partido, con enormes resistencias a que sea, en efecto, compartido.
En estos tiempos, si convertimos nuestros ideales, por legítimos y nobles que sean, en anclas del inmovilismo, en retrancas del cambio, en fin, en poco menos que fundamentalismos ideológicos, habremos condenado al país al asesinato colectivo de sus sueños. Se hace imprescindible, diría necesario, comprender que es posible conjugar nuestros sueños en tensión. Se hace necesario, diría imprescindible, entender que es posible equilibrar nuestros sueños de alguna forma que evite que se cancelen unos a otros. Es imprescindible, diría necesario, saber que la defensa de los principios propios es compatible con la generosidad en el trato con el otro y con la otra; que la lealtad a los ideales propios es conciliable con la disposición a escuchar con honestidad las propuestas del contrario; que el compromiso con las aspiraciones propias puede convivir con el diálogo sincero con los demás; en fin, que el cultivo del terreno propio no es incompatible con el tendido de puentes para caminar hacia el terreno ajeno. Tenemos que aprender, pues, a equilibrar nuestros sueños.
No digo que Muñoz siempre tendió puentes. A veces los levantó apresuradamente. No digo que siempre estuvo abierto al diálogo. A veces lo cerró contundentemente. No digo que siempre escuchó a los adversarios. A veces los acalló muy eficazmente. Pero me atrevo a afirmar que el mejor Muñoz, el Muñoz más común, el más recurrente, el Muñoz del movimiento aglutinador de la década del cuarenta y, también, el Muñoz reflexivo de su otoño de patriarca alejado de la guerra partidaria, el Muñoz del famoso Diario de los años setenta, fue un Muñoz con la apertura suficiente para apuntar hacia un camino de futuro concertado entre compatriotas comprometidos con sus sueños, pero, a la vez, dispuestos a la conversación civilizada y productiva.
Se me antoja ver en el poema que comentamos no una invitación al olvido de los ideales en pro de una pragmatismo ramplón, sino, por el contrario, una exhortación a eso que podríamos llamar un nuevo pragmatismo de los ideales. Es decir, una propuesta para hacerlos viables.
Encierra también el poema una apuesta al pluralismo de los sueños. El Panfleto expresa su adhesión no a un ideal único y asfixiante, sino a una variedad de ideales. Es una convocatoria a abrazar el mayor número de sueños posible, los sueños del mayor número de gente, los sueños de todos y todas, en la medida en que sea dable, sobre todo, los sueños de aquellos a quienes siempre se les ha prohibido, en la práctica, soñar, porque carecen de los medios para hacer sus sueños realidad.
Este pragmatismo y pluralismo de los sueños nos convoca a ir desbrozando caminos en el mundo real para que se cumplan, en la medida de lo posible, los sueños de las grandes mayorías. Por eso Muñoz fue líder de grandes mayorías. El poema convoca a la democratización de los sueños.
El político-poeta invita a construir una sociedad dispuesta a convocar más que a revocar, a incluir más que a excluir, a congregar más que a disgregar, a abrazar más que a rechazar, a respetar la diferencia, más que a igualarnos a todos bajo el emblema aplastante de una propuesta política y social excluyente.
Cuando un movimiento, un partido político, una causa, se empeña más en excluir posibilidades que en combinarlas, cuando se afana en convertirse a toda costa en rival empecinado de otros sueños también nobles y legítimos, no es raro que comience a perder adeptos, a enajenarse, a arrinconarse, a quedarse sola.
Del Muñoz autor del poema titulado Panfleto, del Muñoz diseñador de la gran reforma social de los años cuarenta, del Muñoz padre de la Operación Manos a la Obra también podemos aprender que los sueños, si queremos que den frutos, hay que aderezarlos con un hondo sentido de la realidad. Podemos diferir en el entendimiento de esa realidad. Lo que no podemos es hacer caso omiso de ella. Negarla como, si con ello, pudiéramos hacerla desaparecer.
Siempre he pensado que una de las explicaciones del giro que tomaron las posiciones de Muñoz en cuanto al asunto de la condición política del país se debió, en gran medida, a que se percató, bastante temprano en su gestión, de lo que significaba para Puerto Rico haber llegado a ser la colonia más importante de la potencia más poderosa del Siglo XX. Esa realidad apabullante condicionó su manera de ver las cosas. Su contraparte nacionalista, Pedro Albizu Campos, también se percató de ella. La reacción de Albizu se canalizó a través de la confrontación directa con el imperio. La de Muñoz pretendió ser más eficaz, según su modo de ver. Recurrió al acomodo, como mejor lo entendía, a la negociación, a la resistencia oblicua, al equilibrio de las tensiones que esa realidad producía. El Puerto Rico de hoy es, en gran medida, el resultado de esas dos reacciones, además de la que proveyó el movimiento estadoísta. A su manera, cada movimiento ha intentado hacerse cargo de la realidad que nos ha tocado vivir. Pero muchas veces no hemos hecho sino cancelarnos los unos a los otros. Si queremos avanzar en el logro de nuestros sueños, ¿no deberíamos ensayar a asistirnos los unos a los otros, a ver si logramos un resultado distinto? ¿No deberíamos ayudarnos los unos a los otros a equilibrar nuestros sueños, manteniéndolos vivos a base de nutrirlos de dosis saludables de realidad? ¿No se trata de que nuestros sueños, los de todos, pervivan, sobrevivan, convivan?
Todo esto puede parecer muy utópico. A Muñoz no le pareció así en diversos momentos de su vida y su quehacer. A las utopías debe huírseles como el diablo a la cruz si con ellas se significa la búsqueda de lo imposible. Pero si, como el filósofo Ernst Bloch, por utopía entendemos la expresión social de la esperanza, entonces tenemos que ser utópicos, pues la esperanza es lo último que debe perderse. Aquí, como el sociólogo inglés Anthony Giddens, abogaría por eso que llamó el realismo utópico. Realismo, porque se hace cargo de la realidad existente. Utópico, porque busca transformar esa realidad.
Se me antoja que lo que hace falta, entonces, no es tanto un programa de acción como una actitud. De esa actitud nacerá el mejor programa de acción.
En el discurso que pronuncié hace tres años ante la Asamblea Legislativa de Puerto Rico en una ocasión similar a esta, señalé cuatro grandes preocupaciones presentes en la obra y la vida de Don Luis Muñoz Marín, que, al final, se convirtieron también en fuentes de grandes insatisfacciones. Son ellas las relaciones de los puertorriqueños con su medio ambiente, las relaciones de los puertorriqueños con sus congéneres, las relaciones de los puertorriqueños con sus líderes y su gobierno y, finalmente, la relación de Puerto Rico con los Estados Unidos y con el resto del mundo. Sugerí entonces que el mejor homenaje a Don Luis consistiría en poner al día sus aspiraciones en esos cuatro aspectos para que rindieran frutos en las nuevas circunstancias del país.
Añadiré hoy que la atención a esas cuatro grandes preocupaciones de Muñoz requieren un profundo equilibrio de tensiones. La relación saludable con el medio ambiente exige que sepamos conciliar nuestras ansias de progreso con la necesidad de proteger nuestros recursos naturales. El establecimiento de relaciones más justas entre los puertorriqueños de todos los sectores ricos y pobres, hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y viejos demanda un equilibrio adecuado entre la libertad individual y la igualdad, entre la autonomía personal y la solidaridad. Las relaciones democráticas entre el pueblo y sus líderes requiere que se sepa combinar el ejercicio del liderato efectivo con el respeto a la voluntad del pueblo. Finalmente, la relación de Puerto Rico con los Estados Unidos y el resto del mundo precisa de un balance satisfactorio entre nuestras aspiraciones de libertad y nuestras necesidades de asociación con otros pueblos en verdaderas condiciones de igualdad y dignidad. Requiere, también, hacer posible el diálogo entre nosotros para encontrar avenidas de solución a nuestro más antiguo dilema existencial y político.
Acostumbrémonos todos, estadolibristas, estadoístas, independentistas, libreasociacionistas y todos los demás a leer a Muñoz y a todos nuestros grandes hombres y mujeres en su mejor luz, como he tratado de hacerlo hoy con quien se llamó a sí mismo el planfletista de Dios. Aprendamos también a ver en su mejor luz, que es la luz de hombres y mujeres de bien, a todos nuestros compatriotas comprometidos honestamente con sus sueños, sabiendo conjugar los nuestros con los suyos.
Sólo así podrá nuestro pueblo reemprender su marcha hacia la gran aurora.
Muchas gracias y buenas noches.
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