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Agradezco profundamente las palabras de mi gran amiga y también hija de quien fuera el padre de nuestra democracia, don Luis Muñoz Marín. Gracias, Victoria.
Quiero felicitar a la Fundación Luis Muñoz Marín y a su Junta de Directores por la decisión de trasladar estos actos a este hermoso parque que lleva su nombre, para celebrar la vida y el legado de Muñoz Marín.
Mi agradecimiento a la Fundación, por esta invitación. Mi reconocimiento y respeto a la familia Muñoz Mendoza, miembros de gabinete, alcaldes y legisladores. A los niños de la escuela Bunker de Caguas y a todos los puertorriqueños y puertorriqueñas que se han dado cita para celebrar este día.
Es más que oportuno reflexionar en este momento sobre las circunstancias en que el Partido Popular Democrático adviene al poder y Muñoz a la presidencia del Senado en 1940. Casi nadie esperaba que el PPD y Muñoz ganara esas elecciones. El ambiente político y social en los años antes de esa elección era de desconfianza y falta de fe del pueblo en sus instituciones y sus líderes y en las herramientas políticas que le proveía la democracia.
Muñoz gana de forma sorpresiva y apretada. Controla el Senado por un voto, 10 a 9. El PPD no logra elegir a su candidato a Comisionado Residente y en su lugar el país elige a Bolívar Pagán de la Coalición republicana-socialista. En la Cámara de Representantes el resultado electoral produce un empate con la Coalición republicana-socialista. Durante los primeros meses del año 41, con votos prestados del tripartidismo, se produce una débil mayoría para la agenda del PPD. No es hasta que se da la respuesta firme en ese verano al famoso discurso de Muñoz de hace falta un hombre, cuando da el paso al frente y se crece la figura de un representante socialista, el Dr. Rafael Arrillaga Torréns, que se viabiliza la agenda legislativa del país. En fin, el resultado electoral del 40 podía parecer no solamente sorpresivo, sino la receta para un tranque político, mayores divisiones e inmovilismo. Podía parecer así para los de visión de política tradicional y del pasado, pero no para Muñoz y el pueblo.
Muñoz supo poner las necesidades y los intereses del pueblo por encima de las lealtades políticas que existían en ese momento, y con la legitimidad que le daba su propósito, logró unificar una generación de puertorriqueños con una fuerza transformadora. Convirtió al país, a la gente de carne y hueso de esta tierra en protagonistas de su propio destino, por encima de las viejas maquinarias políticas.
Es ese carácter revolucionario el que hace presente hoy a Muñoz y le brinda el aura de universalidad que aquí celebramos.
Hace tan sólo unos meses los puertorriqueños sentían desesperanza, como una estirpe condenada a vivir en el estancamiento y el desasosiego que traen décadas de división, controversia estéril y falta de visión. Sin embargo, en su corazón este pueblo sabía que podía dar más de si mismo, sabía y sabe que se merece más. Sólo esperaba por una voz, que en el momento propicio fuera un catalizador para con voluntad unir la voz a las acciones concretas.
El llamado a la unidad y al diálogo que hice el 2 de enero cuando juré con la mano sobre la Biblia de Muñoz, es un reclamo que más que mío, le pertenece al pueblo. Por eso ha retumbado en todos los rincones de nuestra patria, trayendo una nueva esperanza. Porque nuestro pueblo se merece más.
En los tiempos del tribalismo que todavía se viven y que estamos empeñados en superar, es preciso meditar sobre la relación de Muñoz con su pueblo, incluso con sus adversarios políticos. El país, tanto para él como para otros líderes de esa generación como don Miguel Ángel García Méndez, iba por encima de cualquier consideración personalista. La clave fue generar un sentido de un pueblo unido que era indispensable para alcanzar el progreso deseado.
Esta mística se concreta en las palabras de un líder estadista que conoció bien a Muñoz y su obra, Don Fernando Chardón y cito: El profesar una ideología distinta a la suya no me impide reconocer al gran revolucionario que hubo en Don Luis Muñoz Marín
Su verbo, su palabra, sus grandes dotes de persuasión fueron las armas que le dieron la victoria
Nuestros tiempos requieren que aquellos que se formaron en los estilos de confrontación y tribalismo, reformen sus actitudes para que sus actuaciones estén a la altura de lo que reclama nuestro pueblo. Es un proceso difícil para algunos, quizás imposible para otros. Pero, oigan bien, es un proceso impostergable e irreversible. Porque nuestro pueblo se merece más.
Y el proceso de cambio ya se ve y se siente. Aplaudo desde aquí a todos los que en estas primeras siete semanas de cambio han respondido a la altura de los tiempos. Primero, a los líderes de mi propio partido, que han comprendido claramente que el resultado electoral requiere una introspección profunda y una revisión de estilos y actitudes. A los miembros de mi gabinete, de todas las ideologías, que con una diversidad de experiencias, impresionante preparación y una alta dosis de juventud, con gran desprendimiento individual y familiar han respondido a este llamado patriótico, dispuestos a ser evaluados por un Senado controlado por el otro partido, porque no le temen al futuro. Todo lo contrario, se sienten retados y animados por esa promesa de futuro. Aplaudo con todas mis fuerzas a los líderes de los otros partidos, que a pesar de las amenazas y los insultos, han roto moldes, prestos a dialogar sobre nuestras diferencias y trabajar para adelantar nuestras coincidencias. Esta experiencia democrática de un gobierno compartido, será una experiencia beneficiosa para Puerto Rico. Está en nuestras manos.
Hoy me reafirmo en mi compromiso de unidad y diálogo. En mi compromiso de trabajar por Puerto Rico con una Asamblea Legislativa y un Comisionado Residente de otro partido. A todos ellos que con gran desprendimiento han respondido a este llamado, les aseguro que el pueblo está profundamente agradecido. Me reafirmo en ese compromiso de olvidar los colores que nos dividen y poner delante los que nos unen, los de nuestra bandera.
Sé que ese pueblo me exige más, nos exige más, se merece más. A los líderes gubernamentales y políticos nos exige que esa actitud de diálogo se concrete en una agenda, que he llamado la Agenda de Puerto Rico. Con la verdad como norte y un alto sentido de responsabilidad con el futuro, emprendamos la marcha. Parafraseando a Muñoz, aquí, hoy, hace falta no uno, sino muchos hombres y mujeres, para marchar hacia adelante. Yo sé que están ahí.
Los puertorriqueños tenemos que formar una nueva alianza de progreso para todos. Tenemos que dejar atrás a quienes nos dividen, pero también tenemos que examinar nuestras propias actitudes para trabajar por nuestro bien común. Más que un cogobierno, lo que el país necesita y yo represento es un gobierno de inclusión. Un gobierno de todos y para todos.
El futuro está en manos de cada uno de nosotros y de la voluntad que tengamos para formar una nueva alianza. Va a requerir nuevas conductas de los políticos y de todos los puertorriqueños. Exige que todos, todos, pongamos el bien común por encima del bien particular. Y empiezo por los propios partidos como maquinarias que buscan sus propios intereses y, a veces, beneficios a costa del bien del pueblo. Reconozco que todos hemos sido parte de eso y que no es un problema exclusivo de uno u otro grupo. Pero hay que trascenderlo. Nuestra época requiere la adopción de nuevos paradigmas y estilos que nos permitan llegar a ese otro nivel. Como dijo José de Diego: La Patria no se hace para ningún partido; los partidos se hacen para la patria. Solo así podremos lograr un gobierno de todos y para todos.
De los empresarios, el presente exige un desarrollo ordenado y balanceado, que respete el ambiente y contribuya al progreso de todos. De los sindicatos, que comprendan que las posibilidades de éxito para la vindicación de sus justos reclamos en el futuro, requiere enfrentar juntos con valentía los retos del presente. El presente requiere que todos aportemos de forma justa al sistema contributivo para aliviar la carga que hoy recae de forma exagerada sobre la clase media asalariada. Los grupos profesionales, ambientalistas, comunitarios, estudiantiles, religiosos, tienen que asumir un rol protagónico en la elaboración y ejecución de la Agenda de Puerto Rico, pero reconociendo que llegó el momento de ver a Puerto Rico, con sus retos y oportunidades, como un todo. Llegó el momento de trascender las agendas particulares de cada sector de nuestra sociedad. De esta nueva alianza, de estos nuevos estilos, de este compromiso con la unidad, saldrá el Puerto Rico de primera que juntos habremos de lograr. Porque nuestro pueblo se merece más.
La nueva generación a la que pertenezco tiene un llamado histórico de instaurar una nueva forma de convivencia política donde las diferencias no nos lleven a la guerra paralizante, al estancamiento del pasado. El inmovilismo que no nos deja progresar ni echar para adelante. Yo estoy aquí para ser instrumento de esa nueva forma de liderato. . Si nos unimos en lo que coincidimosque es muchovamos a lograr cosas extraordinarias por nuestro pueblo. Por ustedes y por Puerto Rico.
Hay un asunto que requiere de esa voluntad de diálogo y de más determinación y paciencia que otros. Me refiero al asunto del status político de Puerto Rico. Los partidos tienen diferencias legítimas. Sin embargo, cuando se atienden promoviendo el divisionismo, la garata fácil y estridente el resultado es la parálisis. El espíritu de división y partidista es el telón de fondo del inmovilismo. Rompamos el tranque. Vamos a hacerlo de la única manera que se puede lograr el cambio: con apertura, con respeto y dejando que el pueblo decida. Que sea el pueblo el que decida ¡Es hora ya de movernos!!!
La propuesta de consulta que he sometido hace esta invitación de la forma más respetuosa y abierta que se haya hecho en la memoria reciente. El país está atento y ávido de un nuevo liderato que una nuestras fuerzas, que resuelva los problemas más allá de la retórica de la división. A los mercaderes de la división les digo que todavía están a tiempo de rectificar. De no hacerlo, el tren de la historia los dejará atrás. Los dejará atrás.
Para esto es necesario sentarnos a trabajar juntos, llegar a acuerdos, con respeto al otro. La Asamblea Constituyente, que se le presenta al pueblo como una de las alternativas, ya probó una vez, que puede adelantar muchísimo si trabajamos juntos. Ejemplo de esa voluntad de trabajar por el país y manejar las diferencias con profunda decencia y respeto fue Don Luis Ferré y su aportación a la Asamblea Constituyente que redactó la Constitución del Estado Libre Asociado.
Sobre Muñoz indica Ferré: Cada cuál por su lado trató de obtener lo mejor para Puerto Rico y, a veces, lo tratamos trabajando juntos, como lo hicimos en la Asamblea Constituyente y luego en la Comisión Congresional para el status de Puerto Rico.
Creo en la Asamblea Constituyente porque atiende el problema desde una perspectiva de unidad y de respeto a todas las posiciones. Su aprobación y su constitución parten de la soberanía y aprobación del pueblo. Presupone un proceso de diálogo y negociación con los Estados Unidos, y así se dispone claramente en el proyecto de ley que envié a la consideración de la Asamblea Legislativa. Y cualquier resultado o recomendación de la Constituyente está sujeto, en todo momento y bajo toda circunstancia, a la aprobación o rechazo del pueblo. La Constituyente nos obliga a dialogar, a llegar a acuerdos. Es un mecanismo abierto. Están representados en él todos los sectores de la sociedad. Es el mismo mecanismo que usaron los líderes de las trece colonias para escribir la Constitución de los Estados Unidos, que sabemos es el documento democrático más importante de nuestros tiempos.
Sin embargo, la propuesta que he encaminado no impone la Constituyente como única opción. La presenta, en igualdad de condiciones, junto a la propuesta del otro partido. En ese ánimo de respeto y apertura, propongo que sea el país el que escoja lo que quiere hacer. Es la forma más democrática y abierta de escoger el mecanismo para atender el asunto del status. Esta propuesta es reflejo de este gobierno de inclusión que represento. Que sea el pueblo el que decida si quiere que se convoque a una Asamblea Constitucional o prefiere que se le reclame al congreso federal la aprobación de un plebiscito, como propone la mayoría legislativa. Llegó el momento de sacar estas decisiones trascendentales de las manos de los partidos, donde están estancadas, y ponerlas en las manos del pueblo. ¿Quién puede oponerse a que sea el pueblo el que medie y decida entre las divergencias que tienen los partidos? ¿A qué le temen los que se oponen a esta consulta democrática?
No se le puede tener miedo a la democracia ni a la voluntad expresa de un pueblo. Es hora de romper las cadenas del miedo y dejar que nos unan las grandes metas de la patria. No podemos dejar que nos dividan las pequeñas cosas de los hombres. Hay que confiar en la sabiduría y voluntad del pueblo. Yo estoy dispuesto a acatar su mandato, sea cual sea; estoy listo.
Por eso hoy, en este Jardín de Voluntades que vamos a sembrar, vamos a hacer eco de las palabras de Muñoz: La voluntad del pueblo no está hecha de palabras ni de discusiones. La voluntad del pueblo es la piedra y el cemento y el armazón de la gran casa del destino de este pueblo y de sus hombres.
Muñoz sentenció al ganar las elecciones del 1940 que La unión del pueblo está hecha, y crece y se ensancha y se ahonda
Nosotros sencillamente le hemos abierto la puerta.
Hemos abierto la puerta. Asegurémonos que permanece abierta. Les invito a que juntos, en una unión de propósito, pongamos en marcha la voluntad del pueblo y le hagamos frente a nuestro destino. Es hora de echar a andar por esa puerta, la puerta de la unidad puertorriqueña. Acompáñenme.
Que Dios les bendiga.
Muchas gracias.
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